Sin justicia no hay reconciliación

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EDITORIAL

 

Después de todos los años de búsqueda de sus familiares, de lucha incansable, de relegar sus vidas personales por una justicia que parece no llegar, hoy los padres, hermanos y hermanas e hijos e hijas de las víctimas desaparecidas en el régimen de Alberto Fujimori, han sido golpeados nuevamente por las instituciones que tendrían que velar por los derechos de las personas y no avalar la impunidad.

Si ya era una gran tristeza para los familiares de los casos La Cantuta, Barrios Altos, Sótanos del SIE, y otros, celebrar una Navidad más sin saber siquiera, en muchos casos, donde están los restos de sus parientes, ¿se imaginan su tristeza al recibir el anuncio del indulto a Alberto Fujimori a pocas horas de la Navidad? La noticia de la impunidad se volvía más cruel y hasta inhumana. En medio de todo, era importante tomar en cuenta lo que Jesús con su nacimiento y su vida nos enseñó, valorar y defender al pobre, al que se le niega la justicia, al que se le relega y oprime porque su vida o condición humana no vale nada para los que tienen el poder. Este ejemplo representa un llamado a los cristianos a estar con los familiares de las víctimas, solidarizarnos con ellos, acompañarlos y comprometernos con sus demandas.

Pacto y olvido

La gracia presidencial otorgada por el presidente ha sido justificada a nivel nacional por un aparente delicado estado de salud de Fujimori, sin embargo, todo parece indicar que en realidad fue un pacto político para evitar la vacancia presidencial que estuvo a punto de aprobarse en el Congreso. Si bien la autoridad presidencial puede dar un indulto humanitario, no puede hacerlo fuera de la ley como han señalado varios especialistas nacionales e internacionales.

Esta situación es desesperanzadora para todos y todas. Además las imágenes de Alberto Fujimori bastante recuperado, saliendo de la clínica algunos días después de haber caído en un supuesto estado crítico de salud, no hacen más que potenciar la idea de la negociación. Esto agrava la sensación de impunidad no sólo por parte de los familiares de las víctimas, sino del país entero.

“Con todo respeto, hay que comenzar a conversar, a recuperarnos y a olvidar”, le dijo al país la primera Ministra, Mercedes Araoz. Un día antes se aprobaron 33 millones de soles para el Plan de Reparaciones, una medida que aparentemente intentaba comprar el silencio de las víctimas. Lógicamente todo esto ha desatado movilizaciones, protestas, plantones y resurge nuevamente un Perú partido a la mitad entre los que defienden el indulto y los que no.

Lo que hoy vivimos es una afrenta a la memoria, a la justicia, a los derechos de los familiares y de todos los peruanos.

Reclamar justicia no significa odiar

El Papa llegará justo cuando nos encontramos en una situación de vulnerabilidad ética y democrática. Confiemos en que la presencia del Papa sea ocasión de una reflexión sincera hacia la construcción del presente y del futuro, entendidos en toda su complejidad, esto es, como un proceso de restauración de vínculos entre peruanos y también de los ciudadanos con el Estado, proceso basado en prácticas que subrayan la dignidad de las personas. Algo que nada tiene que ver con equiparar la palabra reconciliación con la impunidad.

Crédito: Walter Hupiu

Si ser cristiano implica que estemos del lado de los pobres, eso nos lleva irremediablemente a luchar por la justicia, aquella que nos trajo Jesús con su presencia.

Luchar por el bien común y la reconciliación implica que los ciudadanos mejoremos nuestra convivencia, aprendiendo a vivir en diálogo sin importar las diferencias varias, y que el Estado sepa velar y promover políticas públicas que nos permitan vivir con dignidad, con justicia y reconocimiento de nuestros derechos. Esto es todo lo contrario a voltear la página.