Romero: un santo para nuestro tiempo

13 octubre, 2018

TEMA DEL MES

por Jeshira Castro, profesora de la Universidad Católica de Santa María

 

Este 14 de octubre será canonizado en Roma el beato Óscar Arnulfo Romero y Galdamez, arzobispo de San Salvador (1977 -1980), motivo de algarabía para la Iglesia Universal, y la Iglesia peruana no es la excepción. En este contexto queremos hacer una reflexión sobre la vida de Monseñor Romero y el impacto que ha tenido y tiene su testimonio y martirio en nuestro tiempo.

Sentire cum Ecclesia

Este lema marcó definitivamente el servicio pastoral de Mons. Romero: sentir con la Iglesia. Significó para él sentir con el pueblo, sentir su dolor y sufrimiento como propio, acompañar sus tristezas y alegrías hasta el final. Romero fue el “pastor que siente la alegría, al mismo tiempo que la angustia, de vivir con su pueblo” (Homilía, 9 de octubre de 1977); más aún, afirmaba con plena convicción: “el pastor tiene que estar donde está el sufrimiento” (Homilía, 30 de octubre de 1977) y así lo hizo. Por eso Ellacuría afirmó: es “difícil hablar de monseñor Romero sin verse forzado a hablar del pueblo”; y es que la cercanía que tuvo con su pueblo fue la de un “pastor con olor a oveja”, ese que pide hoy el papa Francisco. Ese sentir con la Iglesia, sentir con el pueblo y acompañarlo hasta las últimas consecuencias fue una constante en su vida. “Quiero asegurarles a ustedes, y les pido oraciones para ser fiel a esta promesa, que no abandonaré a mi pueblo, sino que correré con él todos los riesgos que mi ministerio me exige” (Homilía, 11 de noviembre de 1979). Por eso, mantuvo fielmente su promesa de quedarse con el pueblo hasta su martirio.

Romero fue el obispo de la esperanza para el pueblo salvadoreño, “me glorío de estar en medio de mi pueblo y sentir el cariño de toda esa gente que mira en la Iglesia, a través de su obispo, la esperanza” (Homilía, 25 de septiembre de 1977), y por eso, es ejemplo y testimonio para la Iglesia de hoy. De esta manera Mons. Romero con su testimonio y con sus palabras hizo eco de lo que enseña el Concilio Vaticano II: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo…” (GS 1). Este sentir con la Iglesia es una interpelación a nuestras prácticas eclesiales. Por eso, el papa Francisco insiste en que no debemos dejar que nos roben la esperanza, y entonces se hace necesaria la pregunta, los cristianos en el Perú ¿somos signos de esperanza? Frente a un país que se muestra muchas veces apático e indolente, estamos llamados a ser signos de esperanza y a sentir con el pueblo, a ser fieles al mensaje de Cristo. Como discípulos de Cristo, ¿acompañamos las tristezas y angustias del pueblo peruano, o nos hemos vuelto indolentes e indiferentes frente a las mismas? Su vida y enseñanza se hace vigente hoy.

“Con Monseñor Romero, Dios pasó por El Salvador”

Esta profunda afirmación hecha por Ignacio Ellacuría, sacerdote jesuita, es un reflejo y un recuerdo de que Dios se sigue encarnando en la historia. Mons. Romero ha sido un signo de la presencia de Dios entre nosotros y su canonización no es más que la confirmación de esa realidad.

Esto nos recuerda que Dios sigue pasando por todos los lugares donde ser pobre es sinónimo de ser insignificante. Dios sigue caminando junto a los más olvidados de la historia. Camina en medio de los mil millones de hambrientos, en medio de millones de jóvenes desocupados por este sistema que promueve la cultura del descarte. Dios, el Emmanuel, sigue caminando en medio de millones de mujeres que sufren violencia. Frente a la situación que vivimos en el Perú, de corrupción, de estructuras injustas, su mensaje nos enseña que: “No podemos conservar tradiciones viejas que ya no tienen razón de ser. Mucho más aquellas estructuras en las cuales se ha entronizado el pecado y desde esas estructuras se atropella, se hacen injusticias, se cometen desórdenes. No podemos calificar de cristiana una sociedad, un gobierno, una situación, cuando en esas estructuras envejecidas e injustas nuestros hermanos sufren tanto” (Homilía, 25 de febrero de 1979). Cada uno de nosotros debemos aspirar a ser signos de la presencia de Dios entre nosotros, de su “paso por la tierra” en la medida en que buscamos su justicia y “lo hacemos con los más pequeños” (Mt 25, 31).

Espíritu evangélico y discernimiento cristiano

Dos características destacan Ellacuría de Romero: su espíritu evangélico y su discernimiento cristiano. Su espíritu evangélico se refleja en su opción preferencial por los pobres, por los olvidados, en su búsqueda constante de justicia para con los oprimidos, su crítica al sistema que excluye y oprime a su pueblo. Espíritu evangélico que se manifestó en una espiritualidad de los “ojos abiertos” que sabe ver la realidad con “ojos de Dios” desde los humildes, lo que lo llevó a ponerse de parte de los pobres. “Simplemente mantengo una posición de que no estoy confrontándome con nadie, sino que estoy tratando de servir al pueblo. Y el que esté en conflictos con el pueblo sí estará en conflictos conmigo” (Homilía, 20 de agosto de 1978). Su discernimiento cristiano se refleja en que supo estar atento y leer “los signos de los tiempos” y respondió en consecuencia. Sus decisiones frente a la realidad que se presentó fueron para algunos arriesgadas e imprudentes, pero evangélicamente claras.

San Romero del Mundo

“Han matado al Santo” fue la exclamación del pueblo cuando asesinaron a Mons. Romero. Es evidente la claridad del evangelio: “porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes y se las has revelado a la gente sencilla” (Lc 10,21). La sabiduría del pueblo supo reconocer in situ el “testimonio fiel de un hijo de Dios”; por eso, fue canonizado por el pueblo como: San Romero de América, porque su testimonio de vida fue claro y coherente. En él encontramos lo que se afirma en Aparecida respecto de la santidad, ser santo es vivir la fe en la cresta de la ola de los problemas –abusos y opresión– pero con fidelidad a Cristo (DA 148). Su vida nos enseña a ser cristianos comprometidos, porque no hay cristianos sin compromiso, compromiso entendido como respuesta de amor con amor. Y Romero nos anima a comprometernos con los pobres, con el pueblo haciendo con fe lo que tienes que hacer.

Él es santo y profeta de nuestro tiempo, anunció el evangelio con pasión y denunció sin ambigüedades la injusticia, fue crítico incansable de la realidad de injusticia y desigualdad. Para Romero “la Iglesia es la sal del mundo y naturalmente que donde hay heridas tiene que arder esa sal” (Homilía, 29 de mayo de 1977). Por eso, su vida es una invitación a ser profetas de nuestro tiempo. Frente a un país herido por la corrupción, la inequidad e injusticia, los cristianos, “sal del mundo”, estamos llamados a “hacer arder esa herida” para cauterizarla y sanarla. Nuevamente se hace urgente la pregunta. ¿Somos los cristianos la sal que “quema” las heridas, somos cristianos críticos y propositivos que buscan un cambio?

En el Perú, muchos cristianos son testimonio fiel de la voluntad de Dios y entregan su vida por amor para defender al pueblo de las injusticias cometidas por los poderosos de este mundo: mujeres que luchan por ser reconocidas en su dignidad, jóvenes que no han perdido la esperanza y creativamente van buscando salidas, obreros y campesinos que exigen sus derechos, tantos voluntarios que entregan su vida con los pobres y olvidados; todos ellos, de alguna manera, son mártires de la historia porque, como dice Mons. Romero, “El grito de liberación de nuestro pueblo es un clamor que sube hasta Dios y que ya nada ni nadie lo puede detener” (Homilía, 27 de enero de 1980).
La iglesia universal está de fiesta con Mons. Romero, su palabra profética nos interpela, su vida y ejemplo son vigentes; por eso, podemos decir con alegría evangélica que no sólo es San Romero de América, sino San Romero del Mundo…