Política en Perú: Balance 2019 y perspectivas para el 2020

9 enero, 2020

[INFORME ESPECIAL]

Política en Perú: Balance 2019 y perspectivas para el 2020

por Rosa Alayza, profesora de la PUCP.

Sobre el año que terminó decimos: “hemos tocado fondo”; sin embargo, no podemos afirmar con seguridad si podemos, o no, ir más al fondo. Esperemos que no, eso depende sobre todo de qué hagamos desde el 2020 en adelante.

En el 2019 tuvimos el caso de “los Cuellos blancos del puerto” y su efecto institucional con el cambio del Consejo Nacional de la Magistratura por la Junta Nacional de Justicia, recientemente instalada y que nombra a las autoridades judiciales y fiscales, así como de la Onpe y JNE. Y terminamos el año pasado con el cierre del Congreso. En paralelo ocurrió el destape de la corrupción con la investigación del caso Odebrecht que ha incluido preliminarmente entre los acusados a autoridades (ejecutivo, congreso, poder judicial) funcionarios y empresarios privados. A su vez la crisis político-institucional trajo consigo el letargo de la gestión pública, de por sí lenta, lo que repercutió en la población, por ejemplo, en la reconstrucción del Norte por los daños del Niño costero del 2017.

Para comprender el panorama que enfrentamos, necesitamos un análisis integral que relacione la crisis institucional con lo que sucede en la sociedad, y dejar de lado la ilusión de que la política es un mundo aparte, pues en verdad, aunque tiene su propia dinámica, nace y se nutre de la sociedad. Por eso para sostener los cambios institucionales se necesitan los insumos ciudadanos, tal como lo hemos visto en varios momentos con las manifestaciones ciudadanas que hacen sentir su parecer o rechazan alguna medida. Sin embargo, actualmente a puertas de la elección congresal constatamos el poco interés ciudadano como si ella no tuviera importancia, cuando justamente hay cambios institucionales que están en la agenda y necesitan de congresistas que los defiendan. A la par se comprende esta distancia y hartazgo frente al Congreso, algo que se ha venido expresando en las encuestas de opinión.

Ciertamente, para valorar al Congreso cuyo ejercicio se mostró tan alejado de las demandas ciudadanas e institucionales, se requiere valorar su delicada función dentro del sistema político. También el Ejecutivo está en el ojo crítico. Pese a su voluntad manifiesta que se evidencia en el aumento de presupuesto para luchar contra los feminicidios y la violencia de género, no logra suficientes resultados satisfactorios y justamente se muestra que no basta la voluntad de un organismo, si no hay coordinación entre diferentes instituciones y actores que revelen unos cambios de actitud frente a los problemas que se enfrentan, como la cultura del machismo que está a la base de esta problemática. Dicho en breve, la población quiere resultados tangibles, no le basta la palabra devaluada de las autoridades políticas. Dicho lo cual, entendemos que hay razones para comprender, pero no justificar, la indisposición ciudadana frente a las elecciones congresales y la política en general.

Sectores medios y política

Fruto de los años de crecimiento económico y en medio de las graves desigualdades ha ido emergiendo una clase media pujante, que pese a sus precariedades como la informalidad e inseguridad laboral y ciudadana, persigue tenazmente sus sueños de progreso que se simbolizan en adquirir la casa propia, sustentar sus negocios frecuentemente basados en el interminable trabajo familiar, la profesionalización de los miembros de la familia. A la par acceden y disfrutan de diversos entretenimientos y modas de la oferta de consumo de la vida moderna, que no siempre dejan de lado el cultivo de las tradiciones culturales como de ciertas usanzas tradicionales que han adecuado a la vida en las ciudades. Sin embargo, el contacto entre el Estado y estas clases medias no ha sido muy fructífero, incluso para muchos ha sido molesto. Es más, estos sectores están mayormente convencidos de que su mejora ha sido sobre todo fruto de su esfuerzo y no tanto fruto de la ayuda de alguien, menos del Estado. Ni se diga que la política tuvo algo que ver en todo esto, especialmente cuando ella es vista bajo un signo negativo.

Ciertamente, la vida en las ciudades representa el espacio de estas luchas heroicas por el progreso que incluyen sus pros y contras en la relación con el Estado, las instituciones públicas y privadas. Los sectores ciudadanos aprenden de la democracia a codazos en la convivencia urbana en espacios de la vida cotidiana como el entretenimiento, la profesionalización, el trabajo; donde también se han descubierto como individuos que buscan el hacer valer el ejercicio de sus derechos, aunque no siempre se los reconozcan; eso es el pan de cada día. Cuánto esos derechos se traducen en la defensa de su dignidad humana, todavía resulta harina de otro costal; esto es, derechos y dignidad no siempre van de la mano. Justamente estos continuos desencuentros entre los representantes y funcionarios del Estado y las poblaciones emergentes han funcionado como caldo de cultivo para que algunos sectores se identifiquen contra la ideología de género en el currículum educativo; así como en otros casos perciben la discriminación en el trato recibido en los servicios educativos o de salud.

Pese a los desencuentros mencionados ante, constatamos que la forma como se expresa el ejercicio de la política actual empata con la mentalidad de los ciudadanos emergentes antes descritos; es decir, este sentido individualista y pujante lo muestran por ejemplo muchos congresistas que buscan sus propios intereses, sin importar el resto. La cosa pública está tapizada de intereses y negociaciones individuales, el emprendedurismo social y su mentalidad de progreso subió hasta la apetitosa plataforma estatal. Este fenómeno a su vez empata con la mentalidad dominante de ciertos funcionarios y tecnócratas de no regular las actividades económicas privadas, por aquello de alentar los negocios y que se estimule el crecimiento económico, que muchas veces limita por ejemplo la regulación en función del cuidado del ambiente. Desgraciadamente, tanto las clases medias emergentes presentes en los gobiernos locales y regionales como los grupos privados poderosos buscan beneficiarse del Estado; claro está, quien ha tenido mayor poder ha podido beneficiarse de negocios millonarios como lo revela la corrupción de Odebrecht. Entonces esta mentalidad ciudadana, autocentrada en el beneficio personal, tampoco escapa de quienes lideran otras plataformas por los derechos ciudadanas y que no logran establecer relaciones entre sus demandas y el beneficio de todos. Quiero decir que la crisis política actual se caracteriza por la predominancia de esta mentalidad pragmática que se revela en diferentes grados y contextos de manejo de poder, alcanzando a todos los actores sociales y políticos. No podemos hablar de buenos y malos, la crisis nos incluye.

Preguntas que surgen

La magnitud de la crisis política y corrupción no ha producido todavía reacciones de la sociedad que estén a su nivel. No vamos a desdeñar las movilizaciones y reacciones en la calle, ni las discusiones en las redes sociales o la confrontación de la información, el trabajo de los funcionarios y grupos de la sociedad civil por construir y sostener alternativas democráticas en las instituciones. Este balance del 2019 nos deja por delante esta idea de que estamos en medio de un camino, no sabemos aún si al inicio de algo, o en medio de algo, eso dependerá de cuanto la ciudadanía se sienta convocada para sostener los cambios que hemos empezado a ver, pero que necesitan plasmarse en políticas e instituciones que los hagan sostenibles. Sin la sociedad movilizada bajo un sentido de “nosotros”, eso resultará muy difícil. A quienes nos sentimos entre los ciudadanos organizados e informados nos toca responder la pregunta: ¿estamos dispuestos a tender puentes ciudadanos como base de un nosotros?

Es indispensable preguntarnos: ¿cómo construimos conciencia ciudadana de los problemas comunes cuando cada uno anda por su lado? ¿cómo establecemos los asuntos comunes que nos están afectando? ¿cómo enfrentamos los problemas si no los asumimos como algo que nos afecta a todos? Los grupos o colectivos ciudadanos se han especializado en asuntos de importancia: contra la violencia de género, por el cuidado del ambiente etc., pero son débiles en tanto no consiguen articularse con los ciudadanos que no están organizados. Los que saben y los que no saben, esa división se reproduce por doquier entre los grupos organizados y los que no; al mismo tiempo la desinformación instalada en la vida cotidiana profundiza estas distancias. ¿Cómo tender los puentes entre sectores de la población para construir esa conciencia ciudadana activa frente a la crisis actual?