Mujeres de fe y espiritualidad en el compromiso de la construcción de una sociedad más justa e igualitaria

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Por Silvia Cáceres, teóloga del Instituto Bartolomé de Las Casas.

Hace casi un mes se conmemoraba el Día Internacional de la Mujer; fecha en la que se recuerda las luchas emprendidas por las mujeres para el reconocimiento e igualdad de sus derechos en la sociedad. Si bien es cierto, los avances y logros que se han ido dando en torno a este tema son motivo de celebración, también es cierto que la lucha por la igualdad de género aún sigue siendo un desafío y una tarea urgente para todo aquel que aspire a vivir en una sociedad más justa, incluidos -con razón- quienes profesan alguna confesión de fe o están adheridos a algún movimiento religioso que vea expresada su misión en la búsqueda de la justicia y la defensa de los más desfavorecidos.

Dentro de este marco, un gesto reivindicativo es hacer memoria del trabajo y los esfuerzos de aquellas mujeres pioneras que a lo largo de la historia han contribuido para que pueda llevarse a cabo tal tarea; muchas han tenido un rol protagónico e importante en la transformación de la sociedad y la construcción de estructuras más justas. Sin embargo, es necesario reconocer que hay tantas otras que desde el anonimato y desde diversos espacios -organizaciones, instituciones, movimientos, comunidades, iglesias- van asumiendo liderazgos y trabajando por el empoderamiento y el desarrollo integral de otras mujeres y sujetos vulnerables de nuestra sociedad.

Ante este hecho y en respuesta a la exigencia que tienen las religiones o movimientos religiosos de sumarse a la lucha por la igualdad y justicia, la Red Interconfesional de Mujeres de Fe y Espiritualidad -una asociación conformada por mujeres de distintas espiritualidades y confesiones de fe- viene impulsando desde hace cuatro años el reconocimiento público de mujeres ejemplares que desde la particularidad de su fe y espiritualidad se han implicado de manera activa en las diferentes problemáticas sociales que sufren y afrontan junto a sus comunidades. De todas ellas se puede decir que su experiencia de fe y espiritualidad, lejos de llevarlas a un intimismo y ensimismamiento, las ha conducido a un compromiso político y social, poniendo como centro de este, el rescate de la dignidad de aquellos más vulnerables de la sociedad. Así lo afirmaba una integrante de esta Red: “hay un único compromiso que entrelaza la fe y lo social-político: el servicio a los otros” (Laura Vargas); también lo expresaba una de las mujeres reconocidas: “pese a los problemas que enfrentamos en la Amazonía: tala, trata, minería, las mujeres indígenas salimos adelante, este reconocimiento es para todas ellas, que siguen luchando desde la espiritualidad” (Yésica Patiachi). Todas ellas, con sus palabras y acciones, denuncian un sistema de dominación que reproduce desigualdad y ningunea los derechos de las personas, dando así, testimonio de que una realidad más justa y otro mundo es posible.

Reconocer con gratitud el trabajo y compromiso de estas mujeres en la sociedad es pues un acto de justicia; al mismo tiempo, un gesto que no debe agotarse en sí mismo, sino en la capacidad de movilizar a otros a comprometerse a trabajar por la igualdad y el reconocimiento de los derechos de quienes son más vulnerables; es también, una invitación a las diversas comunidades de fe y espiritualidad, así como, a las iglesias, para que se sumen a la tarea de luchar por la igualdad de las mujeres en la sociedad y al interior de las propias comunidades e instituciones religiosas, no sólo otorgándoles más  responsabilidades, sino, reconociendo su capacidad de liderazgo insertándolas en espacios de toma decisiones, donde su palabra y acción también sea tomada en cuenta.