Medellín es el aporte de una iglesia pobre

9 agosto, 2018

ENTREVISTA

Por José Luis Franco, coordinador de la Revista Signos.

Catalina Romero es doctora en sociología, se desempeña como profesora en la Universidad Católica. Actualmente es parte del comité directivo del Instituto Bartolomé de Las Casas. Uno de sus temas de trabajo es la relación entre religión, movimientos sociales y política. Fruto de ello es su último libro: “Diversidad religiosa en el Perú”, donde recopila doce investigaciones vinculadas al Seminario Interdisciplinario de Estudios de la Religión (SIER). También se ha enfocado en estudiar el proceso de cambio de la Iglesia desde Vaticano II hasta la actualidad,entendiendo que esta posibilidad de cambiar es una clave para que una institución como la iglesia pueda seguir existiendo.

 

¿Cuál es el significado de la Conferencia Episcopal de Medellín?

Medellín tiene lugar en el año de 1968. Un año importante a nivel mundial en el que se evidencia un cambio generacional. Es un momento después de la postguerra donde hay una esperanza de cambio y de reconstrucción de la vida social en Europa y también en América Latina. Cuando Medellín comienza, se propone traer el Concilio Vaticano II y su apertura al mundo, básicamente en tres niveles: la unidad de la cristiandad, la modernidad y los pobres. El momento histórico en que tiene lugar Medellín es muy importante, es decir, es el ponerse en continuidad con el Concilio Vaticano II y esto hace que se mire la realidad de América Latina, y para ello, un elemento fundamental es el método: ver, juzgar y actuar. Es un método que significa evangelizar el mundo desde la visión del evangelio. El otro tema en Medellín es cómo ser una Iglesia para los pobres. Es el tema que se va a desarrollar con fuerza, confirmándose luego en Puebla con la opción preferencial por los pobres. Por ello Gustavo Gutiérrez habla de un arco que comienza con el Vaticano II y que no se ha cerrado.

¿Cómo entender la opción preferencial por el pobre en el contexto actual?

El pobre es un nombre genérico para hablar del insignificante que no está en igualdad de condiciones con los demás, del que sufre por situaciones distintas, una de las cuales es la injusticia, y entonces es una exigencia del evangelio prestar atención a quién es el pobre hoy entre nosotros. No es un tema que deje de ser actual y que se solucione. Como se dice en Medellín, quien está llamado a ser libre es el pobre como agente mismo de su libertad, no es que le demos lo que pensamos debe tener, eso es propio de la ayuda. Hay que ir más allá, reconocerlo como hermano, y ello implica escucharlo, saber qué quiere y darle todos los elementos para que pueda pensarse como hijo de Dios con todos los derechos y atributos que eso significa. La actualidad de Medellín es enorme como hecho fundante de habernos permitido hacer un pequeño concilio mirando a nuestra realidad, sin dejar de estar articulados a la Iglesia universal. Aportamos un documento como una Iglesia pobre post colonial, y compartimos eso con la iglesia universal.

¿De qué manera Francisco hace presente el mensaje de Medellín?

El papa en su primera exhortación retoma toda la tradición de la Iglesia que hemos vivido desde Medellín. La Alegría del evangelio plantea la urgencia de salir de la Iglesia, de acercarse a la gente armados con la palabra de Dios. Esta idea de primerear, es decir, salir de la Iglesia. No es para vivirlo entre nosotros. Ese don del reino es algo que tenemos que salir a anunciar. Él nos invita a practicar la misericordia (poner el corazón con los míseros), salir de nosotros mismo y de la Iglesia. Es un llamado para que miremos cómo está el mundo hoy. Y luego en Laudato si’, que es una encíclica mucho más elaborada, donde nos llama a mirar con otros ojos el mundo en su conjunto. Francisco es aporte de la Iglesia Latinoamericana, y él puede consolidar la integración del mensaje de Medellín a nivel universal. Y eso es muy importante, porque estamos en este proceso que se ha abierto en adelante.