Madre de Dios, una mirada histórica al modelo de desarrollo para sus comunidades

22 agosto, 2019

MADRE DE DIOS, UNA MIRADA HISTÓRICA

AL MODELO DE DESARROLLO PARA SUS COMUNIDADES

por Pavel Martiarena, Fotógrafo y Comunicador Social

 

“¿Por sus costumbres y sus antepasados, usted se considera…?”, fue la pregunta que más curiosidad me generó en el caso de Madre de Dios, región amazónica de donde escribo. Y aunque ya presumía el resultado, las cifras arrojaron claramente que sólo 3419 personas respondieron “Nativo o indígena amazónico”, es decir, el 3,24% de la población total.

Para explicar un poco esta realidad debemos volver necesariamente a mediados del siglo XIX. Hasta entonces, la Amazonía había permanecido aislada e imbatible frente a diversas amenazas
menores de extractivismo. Hasta que llegó la época del caucho, auspiciada por la jovencísima industria automóvil, que luego del descubrimiento de la vulcanización y de la cámara neumática en la década de los años 1850 buscó a todas costas el látex natural de los árboles de la Amazonía, aunque para ello se haya tenido que desterrar y esclavizar a miles de amazónicos. El escritor Wade Davis mantiene la idea de que “por cada tonelada de caucho producida, asesinaban a diez indios y centenares quedaban marcados de por vida con los latigazos, heridas y amputaciones que se hicieron famosos en el noroeste amazónico”.

 

En el caso de Madre de Dios, la fiebre por el caucho llegaría recién a partir de 1896, cuando el cauchero Carlos Fermín Fitzcarrald logra unir mediante un istmo la cuenca hidrográfica del Urubamba con la de Madre de Dios. Hay que tomar en cuenta que toda la red de ríos en Madre de Dios no se conecta con el Amazonas en el Perú, sino que sale primero a Bolivia y luego a Brasil para juntarse con el río Madeira (ya en la cuenca del Amazonas). Esta peculiaridad explica el aislamiento de este departamento tanto en lo geográfico como también en lo cultural. Ese sangriento proceso, que algunos investigadores como Eduardo Gudynas consideran como “extrahección”, palabra que significa arrancar por medio de la fuerza o violencia, cambiaría totalmente el panorama de las poblaciones originarias de la Amazonía hasta 1915, año en que cae el precio del látex de caucho. Los pueblos originarios que ya dominaban la actual Madre de Dios antes de la llegada de los caucheros, y sobrevivieron a esa época, fueron solamente los Harakmbut, Ese Ejas y Matsiguenkas. Varias familias de otros pueblos como los Kichwa Runas, Shipibos, Yines y Amahuacas que fueron traídos forzosamente, se quedarían a empezar de cero —y diezmados— en este nuevo territorio. Caso especial, los pueblos amazónicos que decidieron escapar a lugares recónditos son considerados como Pueblos en Aislamiento Voluntario.

Actualmente los pobladores originarios de la Amazonía en Madre de Dios, disminuidos no solamente en número de integrantes (como lo revela el último censo del 2017), sino también en la bajísima calidad de vida que llevan en sus comunidades, se encuentran en el vaivén de diferentes fiebres extractivistas; la más importante es la de la minería ilegal e informal de oro, que en muchos casos ha trastocado profundamente el modelo de desarrollo para sus comunidades.

En efecto, sin ninguna otra oportunidad sostenible y dirigida por los gobiernos regionales y nacionales, se ven acorralados a formar parte de este círculo vicioso. Las consecuencias son de temer: en los últimos 35 años la denominada “Capital de la Biodiversidad del Perú” ha perdido más de 95 mil hectáreas de bosques; los casos más severos de anemia infantil (1 de cada 2 niños o niñas) se encuentran en sus territorios comunales; las cifras más altas de contaminación por mercurio provienen de su población. Sí algún poblador indígena decide ir a estudiar a la Universidad más cercana en Puerto Maldonado (lo cual ya es muy difícil), sólo 3 de cada 20 estudiantes logran terminar la carrera. Aun siendo el panorama incierto, el Papa Francisco en su reciente visita a Puerto Maldonado nos dejó una frase que podría ser clave para remontar la difícil situación de las poblaciones originarias, nos dijo: “Hemos de romper con el paradigma histórico que considera la Amazonia como una despensa inagotable de los Estados, sin tener en cuenta a sus habitantes”. Quizás esta sea la respuesta que autoridades y ciudadanía necesitamos poner realmente en práctica.