Lutero, 500 años después

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Por Piera Gutiérrez Huanca, bachiller en educación y miembro de la Iglesia Evangélica Peruana.

Uno de los grandes precedentes para la reforma fue la utopía de la separación del poder entre el Estado y la Iglesia. Para una mejor comprensión quisiera mencionar un ejemplo: recordamos la famosa escena en la que Lutero cuelga sus 95 tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg donde reclama “el acceso a Dios” como un derecho gratuito para todos. Sin embargo, lo paradójico es que en 1524, cuando los campesinos que lo habían acompañado le solicitan apoyo en sus luchas por la tierra, Lutero finalmente termina cediendo a los intereses políticos del clero que apoyaba su movimiento y justifica teológicamente la persecución y muerte de muchos de ellos. Además, en los últimos siglos no se ha hecho el esfuerzo desde nuestras iglesias por un reconocimiento a las madres de la reforma, que también discutieron y hasta dieron la vida por esta causa.

Entonces ¿qué celebramos? Aún tenemos iglesias cristianas que persiguen el poder político para implantar sus propios intereses y donde se justifica la violencia hacia las mujeres. Si miramos los evangelios, Jesús constantemente advierte a sus discípulos que se cuiden de apropiarse del poder, como cuando les dice: cuídense de ser como los fariseos, les gusta que les saluden en las plazas, ocupar los primeros asientos y hacer largas oraciones. Es decir, el reconocimiento de poder; frente a esto les exige que el que quiera ser el primero en su reino tiene que hacerse el menor y el último, no hay otro camino. Para terminar, en cuántas de nuestras iglesias nosotras no podemos asumir un liderazgo, o a cuántas mujeres vamos a recordar este 31 de octubre. ¿Por qué hay tanta resistencia? Es que acaso otra vez están cuidando “el poder”. Cinco siglos después, en esta coyuntura tal vez tenemos la oportunidad de preguntarnos ¿para qué estamos buscando y conservando el poder? ¿Está búsqueda es coherente con el evangelio?