Las luchadoras, heroísmo en tiempos de violencia y olvido

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DE AQUÍ Y DE ALLÁ

Por: Mauricio Delgado, artista visual

En 1983 yo tenía dos años y la guerra interna tres. Ese mismo año seis mujeres ayacuchanas quechuahablantes formaron la Anfasep (Asociación Nacional de Familiares de Secuestrados, Detenidos y Desaparecidos del Perú) para conseguir justicia y buscar a sus hijos, hermanos, padres y esposos.

En 1983 la guerra “gozaba”, en pleno gobierno “democrático” de Belaunde, de su pico más alto de violencia, desapariciones, muertes y torturas. En medio de la barbarie, estas seis primeras luchadoras, lideradas por Angélica Mendoza de Ascarza, organizaron solitarias marchas por Huamanga, en las que usualmente terminaban apedreadas, insultadas, detenidas y burladas. Sin desentonar, las puertas de la catedral durante todos los años del conflicto también les fueron cerradas: “No se atienden casos de derechos humanos”.

No importaba: en virtud del apoyo de contadas personas como la alcaldesa Leonor Zamora y el abogado Zósimo Roca, y ciertamente gracias al coraje de las luchadoras, su trabajo silenciado continuaba. ¡Vivos los llevaron, vivos los queremos!

Y como la fuerza del amor y el coraje calan profundo, la Anfasep fue creciendo, y cada vez más madres de desaparecidos se sumaban al esfuerzo. Desde 1985, una banderola remendada de varios costalillos de harina, la luchadora, como la llaman cariñosamente, las acompaña antes que casi todos. Testigo de marchas, secuestros y las muertes que sufrieron estas heroínas anónimas.

“Las luchadoras” muestra el trabajo desde el arte por hacer memoria y confrontar al espectador con el proceso de violencia que vivió el país y que aún sigue siendo una página inconclusa de nuestra historia. (crédito: mauriciodelgadocastillo.com)

Arte y memoria

En 2009 empecé a trabajar en una pieza que llamo La luchadora. Una bandera con los rostros de las mamitas pintados sobre tocuyo. Un remiendo que es unión pero también es cicatriz y sutura de una historia inconclusa. Los rostros trabajados por medio de veladuras de acrílico parecen marcas indelebles en la banderola que por momentos se asume venda protectora. Rostros que dan la cara, reclaman y confrontan al espectador con su mirada, sus arrugas y su lucha. Ese primer material precario de la luchadora nos interpela, insumo austero y recursero de las que lo tienen todo en contra, para convertirlo en pieza de arte. Tocuyo de costalillos que por simple es contundente y que por pobre nos demanda.

La Anfasep recuerda que hace 34 años, en su primera visita a Lima, nadie les hizo caso y tuvieron que pasar la noche a la intemperie en el Campo de Marte. Hace unos días, Gisela Ortiz, otra luchadora, familiar del caso Cantuta, exigía por su red social ante las amenazas de indulto a Alberto Fujimori: “El tiempo es ahora para hacer memoria, para aprender a respetar la memoria de las víctimas, pero también el derecho a la justicia y a la tranquilidad de los familiares”.

Ambivalencia de la heroicidad

Gisela desde Lima y las mamitas de la Anfasep en Ayacucho, así como tantos familiares, ostentan en su vida el rol ambivalente de la heroicidad. Su existencia se ha vuelto, sin proponérselo, un testimonio de perseverancia y un ejemplo. Sin embargo, es un rol que no eligieron y que, estoy seguro, preferirían no haber asumido. Pero lo hicieron, y le plantaron la mejor cara y coraje, movilizadas quizá solo por la fuerza del amor a sus familiares.

Esforzada tarea, por lo que ya viene siendo tiempo de que, como exige Gisela, se les devuelva la tranquilidad de la vida cotidiana.

Mauricio Delgado Castillo, artista visual. Pueden conocer su trabajo visitando: mauriciodelgadocastillo.com