La revolución sigilosa de las mujeres

22 noviembre, 2019

[TEMA DEL MES]

La revolución sigilosa de las mujeres

por Lucía Alvites Sosa, socióloga por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

Ha sido la movilización, sin duda, más masiva que ha tenido el país para denunciar la violencia y desigualdad de género. Por primera vez en nuestra historia, se llenaron más de treinta cuadras con carteles, cantos, símbolos y cuerpos que representaban una realidad de violencia e impunidad contra las mujeres. Fue la primera marcha “Ni Una Menos: Tocan a una, tocan a todas”, realizada el 13 de agosto de 2016, que pasó a la historia del Perú como una acción sin precedentes.

La rabia estaba en la boca de todas y se hacía saber por un medio privilegiado: el grupo de Facebook “Ni Una Menos: Movilización Nacional Ya”. Bastó un testimonio de abuso y violencia de una mujer, para que miles empezaran a hablar y mostrar las estructuras perversas que determinan las relaciones de género en la cotidianidad. Voces femeninas que hablan de violaciones, abusos sexuales, golpes, formas inimaginables de violencia psicológica.

Como muchas revoluciones, ésta también empezó con una buena pregunta. Si el patriarcado es un sistema que se basa en el privilegio y la violencia de una masculinidad hegemónica y tóxica sobre lo femenino y las mujeres, ¿por qué los hombres con los que compartimos espacios no serían portadores también de esta masculinidad? ¿por qué estos hombres que habitan nuestra cotidianidad estarían exentos de actuar bajo esas percepciones y roles de poder?

De forma inédita en el país se empezó a apelar al “escrache”, acción que se inició en la Argentina de los noventa por las organizaciones de derechos humanos, en la que se difundía la identidad de quienes en la dictadura habían cometido delitos contra los derechos humanos y habían quedado en la impunidad. Mediante acciones directas en sus domicilios, trabajos, etc. Esta revolución sigilosa de las mujeres alcanzó también al progresismo y algunos de sus supuestos “aliados”, que, mientras hablaban públicamente de renovar la política, en privado golpeaban e insultaban a sus parejas.

Este paso de las víctimas al otro elemento de la ecuación, los agresores, representó nuevas resistencias, ahora ya no de los sectores conservadores y anti-derechos, sino en el propio campo progresista. A muchos, les resulta incómodo verse en la posibilidad de ser sometidos al escrutinio público, que ya no se conforma con las meras apariencias y discursos, que exige mínimos de consecuencia en la vida privada, reactualizando la bandera que el feminismo norteamericano popularizara en los años de 1970: “lo personal es político”.

También ha traído debates al interior del feminismo, ante la preocupación de quienes temen los excesos de “linchamiento mediático”, la posibilidad de denuncias falsas, la unilateralidad de lo punitivo y de la victimización. Por supuesto, es válida la autocrítica y necesaria la corrección de errores, pero se está logrando algo medular, decisivo, revolucionario; que hoy los hombres, o por lo menos un sector de ellos, pierdan un poco de poder, y ya no sean ni se sientan intocables para seguir ejerciendo, bajo la hipocresía pública. No hay respuestas sencillas y rápidas. Nada es fácil aquí, ninguna revolución lo ha sido nunca. Pero ya se ha echado a andar y esta marcha no parará.