Aparecida, vigencia y desafíos

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IGLESIA VIVA

Han pasado diez años desde la publicación del documento de Aparecida cuyo lema nos proponía ser: “Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en él tengan vida”, camino propuesto ante la imperiosa necesidad de hacer de la vivencia eclesial una constante salida al encuentro con los otros. Un rol fundamental dentro de la construcción del documento lo tuvo el Cardenal Jorge Mario Bergoglio, nuestro actual Papa Francisco, quien en su función de relator supo presentar los desafíos de lo que significa ser una Iglesia misionera, preocupación que también ha trasladado y contagiado a la Iglesia universal, señalando con claridad que no se puede ser discípulo sin ser misionero, ni misionero sin ser discípulo.

EJE CENTRAL: LOS POBRES

Sin duda la opción preferencial por los pobres es “uno de los rasgos que marca la fisonomía de la Iglesia Latinoamericana y Caribeña” (A. 391) y es el eje central sobre el cual se teje el documento. Esta opción cristocéntrica (Discurso inaugural) desde hace más de 50 años ha animado a la Iglesia de esta zona del continente y se ha convertido en el pilar de su espiritualidad, se comprende así que no existe seguimiento sin la cercanía con el que sufre, con el insignificante. Vivir el seguimiento de Jesús implicará entonces: movimiento, cercanía, identidad con el Cristo sufriente; en este sentido Aparecida insiste en que el discipulado no puede reducirse a un mero intimismo religioso (A 148) sino por el contrario el discípulo debe vivir “en el corazón del mundo” en auténtica comunión: “la Iglesia de Dios… es sacramento de comunión de sus pueblos,  es morada de sus pueblos; es casa de los pobres de Dios”(A 524).

La opción por los pobres, implica además, ser discípulos-misioneros valientes que no sólo anuncian el amor de Dios sino que a su vez denuncian las injusticias de este mundo. La exigencia del seguimiento significa: “dedicar tiempo a los pobres, prestarles una amable atención, escucharlos con interés, acompañarlos en los momentos más difíciles, eligiéndolos para compartir horas, semanas o años de nuestra vida, y buscando, desde ellos, la transformación de su situación” (A 397-398). Ciertamente esto traerá incomprensiones y persecución e incluso muerte. Así lo atestiguan los miles de mártires de esta zona del continente. El proyecto del Reino,  implica construir un mundo más humano y justo, el Papa Francisco continuador de esta exigencia trabaja incesantemente por un proyecto de Iglesia que pase de una “caridad a la carta” (EG 180) a una iglesia testigo del Reino.

CONTINUIDAD DE UN MENSAJE

Para concluir, presento algunos paralelos fundamentales que hay entre Aparecida y los escritos del Papa Francisco que da cuenta de la continuidad que existe. En ambos se nos invita  a convertirnos en una Iglesia profética que denuncie las estructuras de muerte (A 95), que frente a esta economía que mata, trabaje por un cambio de estructuras  (LS 5). Nuestra Iglesia misionera –en su identidad– debe ser una Iglesia en salida y acogida (A 413/EG 20) y llegar a las periferias existenciales (A 417/ EG 63) que a semejanza de un hospital en campaña cure y sane heridas (Santa Marta, febrero 2015).

Sabemos que diez años son un corto tiempo para evaluar resultados, pero basta mirar a Francisco, su ímpetu y coherencia con el evangelio para darnos cuenta del enorme impulso que Aparecida debe también generar en nosotros. Debemos con urgencia perfilar nuestra acción pastoral en los espacios en el que nos encontremos y reflexionar constantemente ¿somos una Iglesia acogedora, morada de los pobres? ¿Tienen los pobres un lugar central en nuestra pastoral? Ante los últimos trágicos sucesos que nos deja “el niño costero” ¿la Iglesia está abriendo sus puertas a los que han quedado en la intemperie para acogerlos como una madre? Como diría Aparecida “la misma adhesión a Jesucristo es la que nos hace amigos de los pobres y solidarios con su destino” (A. 257).