Iglesia peruana asume los retos que dejó Francisco

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TEMA DEL MES

Por Juan Miguel Espinoza, historiador y docente del Departamento de Teología de la PUCP.

Qué nos dejó la visita del papa Francisco al Perú? ¿Qué reacciones ha despertado en la comunidad eclesial y fuera de ella? ¿Qué acciones han brotado como ecos de sus mensajes y gestos? Al cumplirse seis meses desde su paso por nuestro país, es oportuno ofrecer algunas reflexiones a modo de balance del momento post-visita papal y de los retos que tenemos los cristianos y las cristianas para poner en práctica el proyecto pastoral de Francisco en nuestras iglesias locales.

Fe cristiana y compromiso ciudadano

Una primera cuestión por destacar es que los discursos del papa Francisco han sido socializados y van siendo motivo de reflexión en distintos escenarios. Por ejemplo, en febrero, el Instituto Bartolomé de Las Casas dedicó su tradicional Encuentro Nacional a profundizar sobre lo dicho y hecho por Francisco en Puerto Maldonado, Trujillo y Lima. Aquí tenemos una primera tarea: seguir estudiando este valioso material y escrutar los “signos de los tiempos” de la sociedad peruana desde las claves interpretativas que nos ofrece.

Si leemos con atención, descubrimos que hay una idea transversal en los mensajes: el llamado a ser Iglesia en salida misionera, enraizada en la vida de nuestros pueblos y comprometida con el bien común, especialmente en el cuidado de los “descartados”. No es posible ser cristianos auténticos si no nos comprometemos en hacer de nuestro Perú una “tierra de esperanza” y con “oportunidades para todos y no sólo para unos pocos”. Es decir, la fe se demuestra en nuestra disposición a ser ciudadanos sensibles, reflexivos y responsables de nuestro entorno.

Las metáforas usadas por Francisco dan cuenta de esto. A los limeños reunidos en la base aérea de Las Palmas les invitó a “caminar la ciudad”; en Trujillo, nos pidió examinar nuestra fe desde lo que habíamos hecho ante la crisis del Niño Costero al preguntarnos “¿cuántas lágrimas habíamos secado?”; a los obispos les exhortó a seguir el ejemplo de Toribio de Mogrovejo que no murió detrás de un escritorio, sino que vivió “cruzando orillas” para encontrarse con el pueblo de Dios. Toca seguir volviendo sobre estos mensajes para que “toquen carne” y nos desafíen a convertirlos en opción de vida personal y comunitaria.

 

Iglesia en salida y profética

En marzo, la Conferencia Episcopal Peruana renovó sus autoridades, asumiendo la presidencia monseñor Miguel Cabrejos, arzobispo de Trujillo. Y a fines de mayo, el Papa anunció que monseñor Pedro Barreto, arzobispo de Huancayo y activo miembro de la Red Eclesial Panamazónica, sería creado cardenal. Estos acontecimientos no han sido sólo nominales, sino que han traído consigo un rol más protagónico de parte de los obispos en generar reflexión y tomar postura sobre los asuntos públicos desde una opción clara por defender la dignidad de las personas, el bien común y el cuidado de la casa común.

El Consejo Permanente del Episcopado ha elaborado varios pronunciamientos con la finalidad de ofrecer claves éticas para discernir cómo responder ante problemáticas sociales complejas como la corrupción y el abuso de autoridad, los feminicidios y la violencia contra las mujeres, la migración venezolana, la memoria del conflicto armado interno y la excarcelación de ex-senderistas, entre otros. De manera particular, el nombramiento de monseñor Barreto como cardenal le ha brindado tribuna para expresar las preocupaciones sociales de la Iglesia y ser crítico con las inconsistencias del sistema político y económico. Trascendió su controversia con el Congreso de la República por afirmar que estaba “de espaldas al país” y cuestionar la falta de transparencia en la administración de sus recursos y la carencia de visión de largo plazo en su tarea legislativa. Pareciera que los obispos quieren recuperar la voz profética que habían perdido en los últimos años, así como el espíritu conciliar de colaborar gratuita y decididamente con el bien común. Enhorabuena.

Por otro lado, al iniciar junio, se hizo pública una declaración de la Santa Sede sobre el caso Sodalicio que condenaba y marcaba distancia con los abusos económicos, de poder y sexuales en esa institución y, particularmente, de su fundador, Luis Fernando Figari. Como anuncio más importante, se expresaba la disposición de la Iglesia a facilitar el retorno al país de Figari si la justicia peruana así lo demandaba. Sin embargo, muchos dentro y fuera de la Iglesia esperarían una postura más firme del Episcopado ante el tema.

Algunos gestos concretos se han visto en la apertura del Centro de Atención al Migrante Venezolano, iniciativa de la Conferencia Episcopal cuyo objetivo es brindar acompañamiento y asesoría legal a los desplazados por la crisis humanitaria en Venezuela. Este acto de responsabilidad con un rostro concreto de vulnerabilidad con el que nos encontramos cotidianamente se anunció luego de una reunión en el Vaticano con obispos de cinco países de Sudamérica que albergan una fuerte migración venezolana y que buscó discernir juntos cómo responder de manera articulada e integral a un problema compartido. Debe decirse que varias parroquias y comunidades religiosas ya habían tenido gestos concretos de solidaridad al promover espacios de encuentro con los hermanos venezolanos que son vecinos y disponer recursos para responder a sus necesidades. Ya hace algunos meses el Servicio Jesuita para la Solidaridad cuenta con un puesto de asesoría legal en su local de Breña. Sin duda, son gestos concretos de la recepción del mensaje del Papa al Perú, que hay que promover con mayor audacia y compromiso.

El desafío: conversión pastoral audaz

Una tarea pendiente y urgente es activar un proceso de revisión profunda de nuestros proyectos, estructuras y estilos pastorales. El papa Francisco nos ha llamado a vivir una “conversión pastoral” para ser realmente una Iglesia en salida misionera. Para ello, necesitamos reunirnos todos, obispos, sacerdotes, religiosas, laicos y laicas, para discernir juntos por dónde nos llama el Señor a caminar. Una auténtica “conversión pastoral” no brotará de una Iglesia jerárquica y clerical, sino que nacerá del diálogo, el reconocimiento y la colaboración de todos los miembros del pueblo de Dios y de la realidad en la que estamos llamados a servir.

En esa línea, haría bien hacer memoria de la eclesiología de la conferencia de Medellín, que hace 50 años inició un proceso de renovación en la Iglesia latinoamericana, cuyos frutos pueden verse en la actualidad. La intuición de una “Iglesia pobre, misionera y pascual”, no anclada en el centro de la esfera pública ni conectada con los poderosos, sino desplazada a las periferias sociales y culturales, y comprometida con la defensa de los últimos, nos desafía a los cristianos del Perú del siglo XXI.

En todos los niveles de la comunidad eclesial, empezando por los obispos, debemos examinar esta trayectoria desde Medellín hasta la visita del papa Francisco. Así reconoceremos el paso del Señor en nuestra historia como Iglesia del Perú y el testimonio de tantos que supieron encarnar el amor y la salvación, así como también nuestros múltiples pecados e insuficiencias. Ese ejercicio de memoria nos llenará de gratitud, nos renovará la vocación, y nos confirmará en la responsabilidad de asumir con mayor amor, audacia y creatividad los desafíos que nos tocan. Así de la Iglesia podrán surgir los profetas que el Perú necesita en este momento de su historia, en el que “no podemos dejarnos robar la esperanza”.