Homilia del cardenal Pedro Barreto, S.J. en la fiesta de San Ignacio de Loyola

Difundimos la homilía del cardenal Pedro Barreto en la celebración litúrgica por la fiesta de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús. La Eucaristía se realizó el 31 de julio del 2018 en la Iglesia San Pedro de Lima.

A la ceremonia asistieron el presidente de la República Martín Vizcarra y su esposa. La misa fue concelebrada por el cardenal Juan Luis Cipriani; el nuncio apostólico Nicola Girasoli; Monseñor Miguel Cabrejos, presidente del Conferencia Episcopal Peruana; obispos de Chiclayo, Chosica, Chimbote; el Padre Juan Carlos Morante S.J., Superior Provincial de la Compañía de Jesús en el Perú y cerca de ochenta sacerdotes.

Deuteronomio 30, 15-20
1ª Timoteo 1, 12-17
Lucas 9, 18-26

Homilía de Mons. Pedro R. Barreto Jimeno, S.J.
Arzobispo de Huancayo – Cardenal de la Iglesia Católica

Para mí es un privilegio presidir la Eucaristía en este querido templo que está consagrado con el título de los apóstoles Pedro y Pablo. Nací muy cerca de aquí, en la esquina de los jirones Azángaro y Miró Quesada. Mis padres, Pedro (murió a los 44 años de edad) y Elvira cuidaron de cada uno de sus seis hijos. Desde pequeños contamos con el valioso apoyo de tres tías solteras (hermanas de mi padre) que vivían con nosotros y nos pusieron en contacto con los jesuitas y con esta Parroquia. Fui bautizado por el Padre Bautista, serví como acólito en mi niñez y descubrí los signos iniciales de mi llamado del Señor a la Compañía de Jesús. Recuerdo con mucho cariño y gratitud al Hno. Iñaqui Elorza, a los Padres José Torrijos, Martín Urrutia, José Vicente y Pablo Vásquez entre otros.

Desde los seis años de edad estudié en el Colegio de la Inmaculada, donde conocí a las Religiosas Siervas de San José y a cuatro jesuitas que después fueron obispos: el Cardenal Augusto Vargas Alzamora, mi asesor espiritual en los últimos años de la secundaria; Mons. Ricardo Durand, Mons. Fernando Vargas quien me ordenó sacerdote y Mons. Luis Bambarén; también a los Hermanos Santos García, Arándiga, Arias, Pedro Sáiz y a los Padres Luchito Gámez, Porfirio Martín, Ridruejo, Mac Gregor, Repullés, Lucho Benito, Bertrán de Lis…

La lista sería interminable si nombro a los compañeros que compartí en estos 57 años en la Compañía de Jesús. De los cuales 17 los he vivido en el ministerio episcopal en Jaén y Huancayo. Recuerdo que en este templo, el 1° de enero del 2002, Mons. José María Izuzquiza, mi predecesor en el Vicariato Apostólico de Jaén, me consagró Obispo. En su homilía –de manera profética y evangélica- me dijo: “Pedro, a partir de ahora te llamarán monseñor, excelencia… ¡no te lo creas! Jesús no ha venido a repartir dignidades, sino a compartir su cruz que es la de la humanidad de hoy”

En este contexto personal, agradezco, con las palabras de Pablo: “a Cristo Jesús, nuestro Señor, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio… vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero” (Ga. 1,12 ss). Y así, ha querido que el Obispo de Roma, el Papa Francisco, me incluya en el grupo de cardenales, asesores suyos inmediatos, para ampliar y profundizar aún más mi servicio a Cristo en la Iglesia y desde ella a la humanidad.
Al ser creado cardenal he recibido el encargo del mismo Santo Padre Francisco de tomar posesión de la Parroquia “san Pedro y san Pablo” en la Vía Ostiense en Roma, como signo de pertenencia al clero romano y de comunión con el papa Francisco. Ante este signo coincidente de la Providencia de Dios, esta noche deseo reafirmar, mi identificación con Cristo, manifestándome que el principio y el final de mi vida estén ligados en torno a estos dos grandes apóstoles y a esta muy querida y entrañable Iglesia de san Pedro y san Pablo donde conocí a la Compañía de Jesús y me hizo pedir incesantemente el: “conocimiento interno de tanto bien recibido para que yo, enteramente reconociendo, pueda en todo amar y servir a Dios”.

Sin embargo deseo resaltar esta noche un motivo de inmensa alegría al celebrar la fiesta de San Ignacio de Loyola, y conmemorar, al mismo tiempo, los 450 años de la llegada de la Compañía de Jesús al Perú. Con mis hermanos jesuitas, religiosas y los laicos llamados a vivir su compromiso eclesial desde la espiritualidad ignaciana, alabamos al Señor, fuente de todo bien, por las innumerables gracias con que, a pesar de nuestras flaquezas y limitaciones, ha bendecido a la Compañía de Jesús.

Nuestra acción de gracias va unida a un emocionado y fraternal recuerdo de las generaciones de jesuitas que han amado y servido a nuestra patria, a sus culturas y a su historia, en justicia y dignidad, en servicio y solidaridad. Esta es una gloriosa herencia que nos compromete a tomar conciencia de una grave situación que vivimos en el Perú: la corrupción generalizada.
Con el Papa Francisco afirmamos que “la corrupción es un proceso de destrucción que nutre la cultura de muerte porque el afán de poder y de tener no tiene límites. La corrupción no se combate con el silencio. Debemos hablar de ella, denunciar sus males, comprenderla para poder mostrar la voluntad de hacer valer la misericordia sobre la mezquindad, la belleza sobre la nada. Pidamos juntos -continúa el papa Francisco- para que aquellos que tienen un poder material, político o espiritual no se dejen vencer por la corrupción” (WWW.ELVIDEODELPAPA.ORG – NO A LA CORRUPCIÓN).

Ante este flagelo de la gran corrupción no podemos eximirnos, todos los peruanos y peruanas, de nuestra responsabilidad personal y social de construir la paz; de salvar a los inocentes que son nuestros niños y jóvenes, igual a los ancianos y a todos aquellos que se sienten “extraños” en su propia tierra. No podemos lavarnos las manos, como Pilatos, y dejar que el poder del mal destruya los valores de la peruanidad: la libertad e independencia “por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa que Dios defiende”.

Y aquí no puedo dejar de mencionar y agradecer el inspirado y valiente mensaje que ofreció a la Nación el pasado 28 de julio el Señor Presidente Constitucional de la República, Ingeniero Martín Vizcarra.

Ante la corrupción no podemos callar porque nos convertimos en cómplices; no basta expresar la indignación mediante la protesta; estamos llamados a presentar propuestas de acción que incluyan la participación activa de todos los ciudadanos. Y usted, Señor Presidente, escuchó el clamor, sintió la indignación del pueblo peruano y propuso acciones específicas para consolidar una democracia participativa y vigilante que incluya la integridad moral, el fortalecimiento de las instituciones tutelares de la Patria, el crecimiento económico con equidad, el desarrollo humano integral y una auténtica descentralización administrativa del país para beneficio de todos.

Nuestra fe en Jesús, no nos quita a las personas creyentes y a las personas de buena voluntad, la responsabilidad de dar a una autoridad democrática legítima y justa, la generosa colaboración con una prudente y eficaz vigilancia ciudadana de todos los que conformamos la gran familia peruana.
Para nosotros los jesuitas el punto de referencia constante del pasado, presente y futuro de la Compañía de Jesús es san Ignacio de Loyola porque él vivió en un contexto histórico plagado de corrupción, dentro y fuera de la Iglesia. Sin embargo él nos enseña a: 1° escuchar a Dios en el grito de los pobres y de la naturaleza, nuestra casa común; 2° discernir para “elegir la vida y el bien, amando al Señor…, escuchando su voz, acercándonos a él (que) es nuestra vida” (Deut. 30, 15ss). 3° actuar, con firmeza y decisión, para poner en práctica lo que a Dios le agrada: “practicar la justicia, amar con ternura y caminar humildemente con el Señor” (Miq. 6,8)

Esta invitación de ejercer nuestra libertad para elegir la vida y el bien se realiza “amando a Dios, escuchando su voz y pegándonos a Él” (Deut. 30, 15ss) Ésta es nuestra salida porque: “estamos viviendo un momento de crisis; lo vemos en el ambiente, pero sobre todo lo vemos en el hombre. ¡La persona humana está en peligro! ¡He aquí la urgencia de la ecología humana! Y el peligro es grave porque la causa del problema no es superficial, sino profunda: no es sólo una cuestión de economía, sino de ética y de antropología.” (Francisco – Audiencia Pública 05.06.2013)

En el Evangelio de hoy Jesús nos hace una propuesta audaz y valiente para salir de la crisis: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lc. 9,18ss). Ignacio escucha esta invitación, descubre la voluntad de Dios y pone en práctica el gran desafío de disipar las tinieblas de la sociedad con la luz de Cristo y, junto con Francisco Javier, Pedro Fabro y los primeros compañeros, se propone fundar una Compañía, cuyo único fin sea “militar bajo el estandarte de la cruz y servir a solo el Señor y a su Esposa, la Iglesia, bajo la autoridad del Sumo Pontífice”. Para llegar Ignacio a esta convicción y mantener viva la profunda esperanza, se ha recorrido todo un camino que se asemeja mucho al de los discípulos de Jesús en Galilea. No en vano Ignacio soñaba para los compañeros de Jesús una vida a la apostólica, “cuya casa sea el mundo”, “en salida misionera” como nos repite Francisco.

Demos un paso más en este discernimiento práctico y actual. San Ignacio nos ofrece unos criterios de acción a partir de la contemplación de Jesucristo “verdadero Dios y verdadero hombre”:

1° La dignidad de la persona humana, creada por Dios a su imagen y semejanza “para alabar, hacer reverencia y servir a Dios…”

2° La persona de Jesucristo como referente absoluto, constante y decisivo. El discípulo toma la firme y deliberada determinación de procurar en la vida guiarse en todo por el modo de ser y de proceder de Jesucristo.

3° la Iglesia. Ignacio no duda de la íntima e indestructible unión que se da entre Cristo y la Iglesia. Para Ignacio la Iglesia es el signo evidente que la esperanza iniciada en Jesús, se transmite a cada época en su contenido y en sus condiciones más adecuadas (M. Kehl). Cree firmemente que entre Cristo nuestro Señor esposo, y la Iglesia, su esposa, es el mismo espíritu que nos gobierna y rige…, porque por el mismo Espíritu… es regida y gobernada nuestra santa madre Iglesia [EE 365].

4° el valor y significación de la historia. El deseo de Ignacio de ser instrumento dócil en las manos de Dios. Es lo que moverá a enviar a los jesuitas a aquellos lugares en los que se deciden los destinos de los pueblos, donde se abren nuevos caminos a continentes hasta entonces desconocidos; donde se construyen civilizaciones; donde hay mayor necesidad y otros no pueden ir, o donde el fruto que puede esperarse es mayor. Ignacio valora los pros y contras de las opciones que marcan el auténtico desarrollo humano integral de los pueblos que se traduce en un interés apasionado por la justicia que ha de ordenar las relaciones de los hombres en la sociedad con miras al bien común y a la inclusión social y a la defensa de los humildes y “descartables” de la sociedad.

5° El mundo de hoy no es el mismo que el de San Ignacio. Sus gozos y esperanzas, sus angustias y tristezas, aunque conserven semejanzas, son muy distintas. Asimismo el Perú de hoy no es el de los primeros jesuitas que vinieron a trabajar aquí. Vivimos hoy la época del sistema tecnocrático imperante, de la globalización económica y mediática, del ocaso de las grandes utopías, del individualismo y del poder de los dueños de los grandes capitales, que controlan la economía y la política de las naciones, es la época de las desigualdades que subsisten a pesar del aumento en la producción global, época del maltrato de la naturaleza y del calentamiento global.

Todos estos factores inciden en la misión evangelizadora de la Iglesia Católica. Siempre han existido estilos y maneras distintas de entender y vivir la fe o de realizar el trabajo pastoral, pero se vive hoy un cierto espíritu de bandos en competencia. La raigambre católica de nuestro país cede a la pluralidad de ofertas religiosas de otros orígenes. Hay gente muy afectada y triste por la desunión de los creyentes y de sus pastores, y por la brecha que se observa entre lo que la Iglesia enseña y lo que la gente vive. Y. por encima de todo, como la mayor crisis de los últimos siglos, los escándalos de la pedofilia han minado, lamentablemente, la credibilidad de la Iglesia.

Sin embargo, la experiencia de San Ignacio, como los santos de su época como Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, como también nuestros santos peruanos Santa Rosa de Lima, San Martín de Porres, Santo Toribio de Mogrovejo, San Francisco Solano nos dicen que no tenemos derecho al desaliento ni nos debemos descorazonar como quienes no tienen esperanza. No nos dejemos robar la esperanza, nos dijo el Papa Francisco. Conscientes de nuestras debilidades ante tan grandes desafíos, tenemos que unirnos en torno al Cristo viviente, unir fuerzas, colaborar juntos, asumir responsabilidades comunes; el país es nuestro, la “corrupción es evitable” y la Iglesia es servidora de todos.

Ignacio, sin falsa humildad, llamaba a su orden “la mínima Compañía de Jesús” y quiere que nuestro “sentir en la Iglesia” se exprese en colaborar con todos y hacer que la Iglesia avance en su proceso de reforma, bajo la guía del Vicario de Cristo en la tierra.
La Iglesia y, en ella la Compañía de Jesús, espera mucho de la colaboración de los laicos y laicas y de las personas de buena voluntad en el servicio desinteresado para que nuestro país se enrumbe por las sendas del bien, la justicia y la solidaridad.

Sólo podremos construir la paz con la cultura de la integridad en defensa irrestricta de la vida y de nuestra casa común.

+ Pedro Cardenal Barreto, S.J.

 

Fuente: https://www.facebook.com/CardenalBarreto/