¿Es posible la reconciliación en el Perú?

¿Qué país queremos para vivir?
9 noviembre, 2017

TEMA DEL MES

Memorias del dolor, memorias para la acción

Karen Bernedo Morales


 Artista visual y activista en derechos humanos
y sin embargo desde esos años y hasta la fecha han sido pocos los esfuerzos del Estado por promover políticas públicas de memoria tanto a nivel educativo como cultural

Tzvetan Todorov señala que los hechos dolorosos del pasado pueden leerse de manera literal o de forma ejemplar. La lectura literal es aquella que preserva su literalidad permaneciendo intransitiva y no conduciendo más allá de sí misma, mientras que una lectura ejemplar se produce cuando de ese pasado extraemos una lección que se convierte en un principio de acción para el presente.

Generalmente es esta lectura ejemplar la que permite a una sociedad usar sus heridas para hacerles frente a las injusticias que se producen en el presente, y que permite separarse del yo (del dolor individual) para ir hacia el otro. Sin embargo, lograr tener una lectura ejemplar de los hechos dolorosos y traumáticos que nos dejan las guerras guarda estrecha relación con el duelo y con los procesos colectivos que se hayan puesto en marcha para superar ese dolor.

En nuestro país un gran paso para iniciar ese proceso fue la Comisión de la Verdad y Reconciliación cuyo informe fue publicado en el 2003, y sin embargo desde esos años y hasta la fecha han sido pocos los esfuerzos del Estado por promover políticas públicas de memoria tanto a nivel educativo como cultural. En su libro Poéticas del duelo, Victor Vich señala que son el arte y la producción simbólica los ámbitos que han asumido las tareas del duelo. Añadiría a ello los espacios de memoria y las acciones conmemorativas que si bien han resultado fundamentales para sobrevivir en el Perú postconflicto, resultan en muchos casos insuficientes y con pocas posibilidades de hablar más allá de quienes estamos “convencidos”.

Este año los actos de conmemoración realizados por los casos La Cantuta y Tarata se realizaron el mismo día. Ambos casos han tenido un tratamiento diferente y expresan dos miradas sobre la memoria en relación a los años de violencia en el país.

Hitos de la década del 90

Este año ha sido particular, se conmemoran los 25 años de una serie de acontecimientos que se transformarían en puntos álgidos de nuestra historia, trastocando de manera decisiva nuestras percepciones sobre el Perú. Dos acontecimientos, sin lugar a dudas, se convirtieron en grandes hitos de la década del 90, por un lado el autogolpe del 5 de abril de 1992 y por otro la captura de Abimael Guzmán por agentes del GEIN el 12 de septiembre de ese mismo año. Uno marca el inicio de la dictadura fujimorista y el otro el comienzo del fin de la guerra contra Sendero Luminoso, y por ello ambos se constituyen como memorias emblemáticas y ejemplares puesto que son campos de argumentación poderosos en lo que el reconocido antropólogo Carlos Iván Degregori llamaría las batallas por la memoria.

El 16 de julio de 1992, Sendero Luminoso hizo estallar un coche-bomba en la calle Tarata en Miraflores, dejando al menos unos 55 heridos y unas 25 personas muertas. Dos días después, se presume que en venganza, el entonces presidente Fujimori ordenó el secuestro y la desaparición de nueve estudiantes y un profesor de la Universidad La Cantuta. Ambos hechos también se han convertido en lo que Steve Stern denomina como “memorias emblemáticas”, puesto que sus marcos históricos han sido importantes para que estos recuerdos trasciendan en la memoria colectiva. Si por un lado Tarata se convirtió en el emblema del terror de Sendero Luminoso, la captura de Abimael Guzmán nos recuerda el triunfo del Perú sobre ese terror. De otra parte el 5 de abril y el caso La Cantuta son el emblema del terror que vino desde el gobierno de aquel entonces y a la vez de la impunidad que vivimos los siguientes años y cuyos efectos se han extendido hasta el día de hoy.

Todas estas fechas al ser memorias emblemáticas abren cada año flancos de debate y discusión. Estas batallas tiene como objetivo ganar el sentido común y siendo así se ubican en el ámbito de lo simbólico; el 5 de abril y el caso La Cantuta son fechas que el movimiento de derechos humanos, activistas, organizaciones y asociaciones de víctimas han llenado de un sentido que enarbola las luchas contra la impunidad, y el caso Tarata y la captura de Abimael Guzmán son memorias levantadas e instrumentalizadas desde el Estado en un discurso que juega entre el terror y la pacificación.

Ensayando algunas respuestas, nada definitivas y muy debatibles por cierto, considero que la humanización del caso La Cantuta ha contribuido a que ésta sea una memoria ejemplar, para cierto sector es verdad, pero ha sido un motor en las luchas contra la impunidad logrando inclusive la encarcelación de Fujimori. De otro lado, el caso Tarata al ser un emblema de la violencia de Sendero Luminoso en Lima, ha sido instrumentalizado por los medios, por los políticos y por gran parte de la sociedad como un argumento contra el terror. El abuso de esta memoria en su lectura más literal ha terminado por deshumanizarla, es así como el referente más inmediato a la palabra Tarata es una calle en llamas y no el rostro o el nombre de sus víctimas. Esta reflexión no me deja conclusiones certeras sino por el contrario muchas preguntas; una de ellas y a modo de autocrítica como activista del movimiento de derechos humanos es si seremos capaces de generar espacios de encuentro para los duelos de estas memorias tan diversas, para que sea el dolor y el amor por los seres queridos los que construyan los puentes para la comprensión. Quizá si los deudos lo logran, nosotros como sociedad también.

 

La reconciliación urgente de los peruanos. O el don de Dios en ese camino

P. Gastón Garatea Yori


 Sacerdote de los Sagrados Corazones, ex miembro de la CVR.
Muchos murieron sin saber por qué y muchos también, después de matar, no supieron qué habían ganado.

Una de las necesidades grandes que tenemos los peruanos, y que no se dejan captar por las estadísticas, es la reconciliación. Hemos tenido veinte años de violencia que para muchos de los peruanos han significado muerte, estrecheces, angustias y sobre todo, no saber qué hacer para terminar con el problema. Los que de alguna u otra forma hemos padecido el problema, tenemos la experiencia muy viva pues este tipo de dolores no es de los que pasan fácilmente. Sobre todo porque se trataba de personas, de una u otra manera, cercanas a nosotros.

Estuvimos en medio de aquello que horroriza a los cristianos llamados a favorecer la vida: la muerte. Se peleaba con riesgo de perder la vida que muchas veces se perdía, o mejor dicho, se la quitaban. Muchos murieron sin saber por qué y muchos también, después de matar, no supieron qué habían ganado. Es fácil imaginarse el rompimiento emocional entre los bandos.

Para matar hay que tener una decisión muy fuerte y para quien se ha sentido víctima se trata de un abuso que hiere lo más profundo de su humanidad. Se trata de dos movimientos humanos que separan a las personas rotundamente y que, con razón o sin ella, los dejan en un estado lamentable.

Este tipo de “bestialidades” lo hemos sufrido los peruanos, y las marcas las tenemos dentro de nosotros mismos. Y a estas personas se nos dice que debemos reconciliarnos. Se nos hace difícil, dificilísimo. Miramos al cielo y sentimos que Dios no nos puede pedir tanto. Pero Dios nos sigue hablando de amor a los hermanos. Nos habla de construir un mundo nuevo, reconciliado. Nos quedamos perplejos ante nuestros propios sentimientos y las exigencias de Dios. Nos parece que hay una contradicción entre una y otra cosa. Pero en una meditación tranquila nos damos cuenta de que lo que Dios nos exige va muy de acuerdo con la vida de Jesús a quien nosotros queremos y decimos seguir. Hay todo un camino que seguir, respetando lo que somos y quiénes somos.

Una de las necesidades grandes que tenemos los peruanos, y que no se deja captar por las estadísticas, es la reconciliación. Hay todo un camino que seguir, respetando lo que somos y quiénes somos.

Como en tantas cosas, vamos descubriendo que este camino no se sigue sin la ayuda de Dios mismo. Sólo se hace con Él, pues sin Él no daremos ni el primer paso. Sin embargo, hay pequeñas cosas que vamos haciendo en nuestros pequeños mundos: evitar las discriminaciones entre nosotros, construir la igualdad en nuestras relaciones, esforzarnos por sentirnos hermanos con nuestro prójimo, sentir que su presencia no nos molesta sino que por el contrario nos enriquece. Se trata de un camino en el que cada uno tiene su manera de andar, pero también, a su manera, de dar testimonio del camino por el que se va y por qué se va por él.