[EDITORIAL] La memoria no está en cuarentena

16 junio, 2020

[EDITORIAL]

La memoria no está en cuarentena

 

El aislamiento social ha sido una medida obligatoria impuesta por el gobierno para evitar la propagación del virus. En Ayacucho, una de las zonas más golpeadas por la violencia, esto se ha acatado a pesar de no tener una cifra muy alta de contagios. El Centro Loyola, organización que trabaja con víctimas del conflicto armado interno, ha manifestado cómo muchas familias ayacuchanas víctimas de la violencia han sentido un gran temor al encontrar similitudes en esta situación de crisis sanitaria con la época del conflicto. Esas similitudes tienen que ver con el desplazamiento de las Fuerzas Armadas a las calles, el toque de queda, el no poder reconocer al enemigo, la desconfianza, la muerte injusta de familiares, el temor a morir, la incertidumbre, la fuerte tensión emocional.

El conflicto armado interno dejó una huella difícil de borrar en nuestro país. Esta parte de nuestra historia, ocurrida hace más de 30 años, sigue siendo una dura realidad que hoy se ve agravada por la COVID-19. Sabemos que la situación de muchos peruanos ha sido afectada por esta crisis, sin embargo, hemos querido mencionar ahora a las víctimas de la violencia, pues son hermanos y hermanas que vieron alterado su proyecto de vida y que, a pesar de tantos años, muchos de ellos aún no han sido reparados y viven en condiciones precarias. Consideramos que aunque hay avances, aún falta mucho por hacer desde el Estado. Es terrible constatar que una gran parte de los afectados directos que perdieron familiares por el conflicto, se encuentran en pobreza y extrema pobreza.

Vencer el coronavirus es una tarea sumamente difícil pero todos tenemos un rol que cumplir. Los ciudadanos necesitamos construir lazos comunitarios desde la solidaridad. Por eso, escuchar del trabajo de varias organizaciones que desde la sociedad civil e Iglesia han acompañado por tantos años a las víctimas y que hoy no han dejado de hacerlo a pesar de la pandemia es inspirador. Ese aporte se ha intensificado pues la crueldad de este virus ya se ha llevado a algunos familiares y ha vuelto más precaria su situación económica. Por eso, desde aquí queremos agradecer y destacar todas esas iniciativas.

En Ayacucho, el caso de ANFASEP es ejemplar. La Juventud de ANFASEP (Asociación Nacional de Familiares de Secuestrados, Detenidos y Desaparecidos del Perú), conformada por hijos de las madres de esta organización, así como por jóvenes huérfanos víctimas de la violencia, decidió emprender una campaña a nivel nacional e internacional para recibir fondos y apoyar económicamente a 160 madres de la organización, varias de ellas ancianas y en situación de abandono. Estas madres lucharon gran parte de su vida buscando a sus hijos desaparecidos pero también se organizaron para alimentar y cuidar a esos niños que hoy son jóvenes y devuelven ese amor mediante esta y otras iniciativas.

Así también, otras organizaciones están apoyando con víveres y con llamadas de soporte psicológico a víctimas de desplazamiento forzoso que también han vivido años duros por el terror. Aunque en algunos casos no perdieron familiares, su situación es dura porque tuvieron que abandonarlo todo para huir de la violencia. Las reparaciones a esta población han sido planteadas por el Estado como colectivas que en muchos casos no han solucionado su situación económica y hoy viven la emergencia sanitaria en condiciones precarias.

Todo esto nos hacer ver que la herida sigue abierta y en tiempos de pandemia parece volverse aún más profunda. Después de todo, esta realidad que vivimos nos recuerda que al igual que en los años del conflicto armado, son los más pobres e invisibles para el Estado los que más sufren. Por ello, hagamos memoria, apoyemos a quienes aún buscan justicia y reparación, exijamos con ellos una atención urgente. No olvidemos que ser solidarios es sumamente importante, pero la solidaridad y empatía no bastan. Necesitamos actuar con una real conciencia de búsqueda de justicia.