Cuando la violencia se disfraza de amor

14 febrero, 2020

[TEMA DEL MES]

Cuando la violencia se disfraza de amor

por Sandra Avellaneda García, politóloga de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

 

¿Recuerda, amable lector, esta canción? “Tu amor es como un tóxico; es un efecto narcótico, que amarra cuando quieres libertad. (…) es tan impredecible, tan sensible que se irrita: cuando gritas, cuando quieres respirar”. Se trata de la canción “Amor Narcótico” y la cantábamos en 1997 cuando fue lanzada por el dominicano Chichi Peralta. Hace un par de días, el Spotify (esa aplicación de celular que todos los millenials usamos para emular programas radiales) me la presentó en el “radar de novedades”. No sé qué fue primero, si mi cuerpo moviéndose al ritmo pegajoso de Amor Narcótico o mi boca recitando esos finos versos, pero ya estaba yo en esas cuando me percaté de lo extraño de la letra.

Y es que así funciona la hegemonía cultural: cala en lo más hondo de nuestro ser y después de machacar con lo mismo día y noche, durante décadas –si no es que durante el último siglo– es muy difícil que pueda salir. Moldea la manera de ver el mundo, y de situarse (y actuar) en él. Preconfigura nuestros gustos, nuestras emociones y, a largo plazo, nuestros sentimientos. Condiciona lo que debemos buscar en la vida. Y entonces, se convierte en sentido común. ¿Quién no ha esperado vivir, en nuestras adolescencias, como dice la canción, ese “amor apático, lúcido, romántico, algo brutal, una mezcla singular, que arrulla, desvela, calienta, congela, desorden total”? No importa la tremenda disonancia cognitiva que pueda generar en tu cabeza. Según lo que dictan las novelas turcas, la Rosa de Guadalupe, las series de Netflix, las propagandas en medios y los memes en redes sociales sobre el día de San Valentín, una persona debería sentirse afortunada por tremenda montaña rusa de emociones, que hace pasar del goce a la ansiedad, y del éxtasis a la depresión. ¿Habemos en el mundo tantos masoquistas? ¿O cómo se explica esta tortura?

Es verdad que este sentido común imperante en nuestros tiempos sobre qué es el amor y cómo vivirlo está ligeramente modificado de acuerdo al sexo con el que naciste (y de acuerdo a ello, al género que se te asignó), y a la orientación que perfilas, pero, en términos amplios, perpetúa la idea de complementariedad a partir de los roles o estereotipos de género. El amor romántico es creer que los seres humanos –de acuerdo a ciertas características– se clasifican en dos tipos, y que estos dos tipos son imanes que sí o sí han de encajar en parejas para conformar un todo completo, entero. Uno de los imanes está obligado a ser quien provea de recursos –si no lo logra, es poca cosa, no tiene valor. El otro imán tiene dos deberes ‘morales’ fundamentales: los cuidados y el placer sexual del imán principal. Y es que en este modelo de amor existe una cláusula en letras pequeñas… que en realidad es columna vertebral que sostiene la estructura: la mujer es pertenencia del hombre.

El amor romántico es un invento que la sociedad burguesa europea posterior al Medioevo diseñó para romper con las uniones –pero también separaciones– arregladas por conveniencia económica. Las mujeres de clase media y alta no tenían derecho a recibir las herencias de sus familias, y sólo cuando se casaban, éstas pasaban a manos de los maridos. Entonces, ya que no podían tener propiedades estando solteras, pelearon por el derecho de al menos elegir con quién vincularse eternamente, o todo el tiempo que durara su existencia en la Tierra. Los escritos sobre ficción en esa época ayudaron a cristalizar ese paradigma, y aún inspiran los productos culturales a nuestro alrededor.

Este sentido común de lo que es el amor llegó a Latinoamérica durante nuestra época colonial, y aunque ha tenido algunos ligeros cambios, en esencia se ha mantenido hasta ahora. Nuestra santa madre Iglesia sacramentó la idea de unión entre algunas dimensiones: el amor, el sexo, la procreación y la convivencia (o amistad).

Y el mundo cristiano no-católico continuó en esa misma línea. Sin embargo, aunque se espera que esas dimensiones vayan de la mano, no siempre sucede así. Sea por condiciones psicológicas y de desarrollo emocional de cada uno de los integrantes de la mancomunidad, por variaciones en los intereses de las partes a lo largo del tiempo, o porque el vínculo atenta contra la salud mental, el bienestar emocional y la integridad de la vida de alguna de las partes, las personas no siempre se mantienen juntas.

Pero –retomando nuestro pintoresco ejemplo–, ¿qué pasa cuando uno de los imanes ya se cansó de las actitudes del otro? ¿Qué sucede cuando uno de los imanes es repelido expresamente? Si la alianza es libre, la separación también lo es. Pero si no se puede desunir sin sufrir ‘consecuencias’ o ‘castigos’, lo atado es, en realidad, esclavitud.

A un año del bicentenario de su independencia, en el Perú, las mujeres se sienten así: prisioneras. Del esposo, del novio, del jefe, del amigo, o de cualquier hombre que de pronto ‘gusta’ de ellas y que por eso (y sólo por eso) cree que le pertenecen. No importa si está estudiando una maestría en el extranjero o apenas terminó la primaria, tampoco la edad ni la procedencia regional: el hombre con baja autoestima y dependencia emocional toma represalias contra la mujer que no logra controlar: le interrumpe, le tutela, le roba las ideas, la viola, la embaraza sin su consentimiento, la aísla de su familia y amigos, le roba los sueños, le pega, la mata.

Según la periodista T. Muñoz Najar, el segundo delito por el que están más hombres peruanos en las cárceles es por violación a menores de edad, con cifras mayores que por narcotráfico. Y eso que muchas violaciones no son registradas.

Según cifras oficiales del Ministerio de la Mujer, los casos de feminicidio del 2019 son más que los del año anterior. Según la Endes, 7 de cada 10 mujeres en nuestro país han sufrido violencia de parte de algún vínculo de pareja. ¿Qué podemos hacer?

Más que una invitación, estimado lector, esto es una provocación al reto. ¿Ya está cansado de tantas mujeres muertas en la TV? Piense usted si, sin querer queriendo, menosprecia la inteligencia de las mujeres con las que se topa cada día, y por qué. ¿Las escucha realmente? En casa, ¿interrumpe a su esposa o a sus hijas? En las asambleas de la junta de vecinos, ¿deja que ella postule al cargo de secretario que tanto usted anhelaba? En la parroquia, ¿cree que ellas serán capaces de interpretar las escrituras bíblicas? ¿Qué opinión le merece el líder de los recientemente electos congresistas del FREPAP, quien tiene denuncias por violencia por parte de su esposa? ¿Conoce a hombres a quienes recomendaría “hacer cita en el psiquiatra porque ya no tienen amigos por solo hablar de un amor no correspondido”?

Sabemos que la forma en que los hombres se relacionan con su entorno es resultado de siglos de una forma de aprender, pero… los cambios personales son cambios políticos a largo plazo. Los corazones de millones de mujeres palpitan y claman por justicia.

  1. O “generación del milenio”, abarca a las personas nacidas entre 1981 y 1996.
  2.  Según el sociólogo P. Bourdieu, es la dominación sostenida del poder que ejerce un grupo mediante la universalización de sus propios valores, creencias e ideologías, lo que sostiene el status quo.
  3.  Según lo que resalta el libro Violencias contra las Mujeres: la necesidad de un doble plural (GRADE: 2019).
  4.  Aunque con algunas salvedades en algunas de sus ramas y vertientes.