¿Cómo vencer la corrupción?

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¿CÓMO VENCER LA CORRUPCIÓN?

Por Gonzalo Gamio Gehri, doctor en Filosofía y profesor en la PUCP y en la UARM.

Ética pública y acción cívica

El escándalo Lava Jato está generando la acelerada descomposición de nuestra “clase dirigente”. Varios ex-presidentes, candidatos de diversas tiendas políticas, empresarios y otros personajes influyentes en el país. Un Presidente de la república ha tenido que renunciar, y al día siguiente teníamos ya a otro mandatario en el sillón de Pizarro. La mayoría de los ciudadanos considera que esta crisis se profundizará en los próximos meses, en la medida en que las investigaciones continúan y los colaboradores eficaces siguen declarando ante las autoridades correspondientes. Ya no son pocos los peruanos que exigen “que se vayan todos”.

Interesante el cambio de perspectiva que se ha desarrollado aquí en un plazo no muy largo. Hace un tiempo muchos compatriotas escuchaban con cierta resignación la retorcida consigna “que robe pero que haga obra” como una extraña expresión de “realismo político”. Hoy la frase “que se vayan todos” parece mostrar que la corrupción no es una práctica que deba ser tolerada en una auténtica sociedad democrática. La idea es que la corrupción empobrece a los pueblos, los degrada en términos morales y políticos.
No podemos dejar que la corrupción eche verdaderas raíces entre nosotros. Una sociedad razonable no puede edificarse sin transparencia y rendición de cuentas en el ejercicio de la función pública.

‘Que se vayan todos’

Es una frase que no enorgullece a nadie. Es lamentable que la ciudadanía no pueda confiar en sus políticos. El oficialismo ha sufrido un durísimo revés con la renuncia del Presidente. La principal fuerza opositora carga con un historial de corrupción que data de los años noventa, pero que parece tener ramificaciones en el presente. No obstante, esta situación debe llevarnos a observar con cuidado cuál es nuestro rol y nuestra responsabilidad frente a esta profunda crisis ética y política. Tenemos que pensar en qué hemos hecho y qué hemos dejado de hacer para que la corrupción se haya instalado en diversos espacios del Perú, tanto en el sector privado como en el propio Estado.

La corrupción es un concepto complejo. A menudo se la identifica sin más con el uso privado del bien público. No obstante, esa descripción deja la idea discutible de que el lugar de la corrupción es sólo el Estado, y sabemos que esto no es así. El caso que comentamos pone énfasis en el carácter corruptor de algunas empresas privadas. Requerimos de una idea más compleja de corrupción. Podríamos definirla así: hablamos de corrupción cuando constatamos la intervención irregular de la lógica del dinero y el anhelo de poder en transacciones y actividades humanas en las que se ponen justificadamente en juego otra clase de bienes sociales. De este modo, tomamos en consideración otros contextos en los que la corrupción se hace presente. Recogemos con ello el sentido de la expresión latina corrumpĕre, “trastocar o degradar la forma genuina de algo”, o más claramente “echar a perder”.

La lucha contra la corrupción es tanto sancionadora como preventiva. Requiere de procedimientos institucionales que garanticen una mayor transparencia y fiscalización pública. No obstante, esta clase de mecanismos no constituye un sustituto de la función de vigilancia que debe cumplir activamente la ciudadanía en el país. Necesitamos ciudadanos que examinen el estado de la ética pública en el Perú, que coordinen acciones para supervisar las actividades de funcionarios públicos y políticos que han desempeñado labores en el Estado por nuestro encargo. En ese sentido, tenemos derecho a pedirles cuentas por su gestión.

Escenarios para actuar

Es importante pensar cuáles son los escenarios desde los cuales los ciudadanos pueden actuar para combatir y prevenir la corrupción. Los partidos políticos constituyen una opción, pese a su precaria condición en el presente, pues se trata de organizaciones que han abandonado toda discusión programática y no han renovado sus cuadros. También existen las instituciones de la sociedad civil, organismos que median entre los ciudadanos y el Estado, y que constituyen espacios de deliberación cívica y movilización para ejercer funciones de control democrático de la función pública: universidades, colegios profesionales, iglesias, ONGs, sindicatos, entre otros. Los ciudadanos tenemos que constatar que podemos convertirnos en agentes de transformación. Necesitamos forjar un nuevo país, de cara al Bicentenario.

 

Hay propuestas

Por Cecilia Tovar, filósofa e investigadora del Instituto Bartolomé de Las Casas.

La Comisión Presidencial de Integridad, presidida por el Dr. Eduardo Vega, ex-Defensor del Pueblo, entregó un excelente informe al Pdte. Kuczynski, titulado Detener la corrupción, la gran batalla de este tiempo, que no se ha aplicado aún. Reproducimos extractos de la Presentación que recopila las propuestas:

Cuidar lo público: La corrupción es una práctica pública. El delito se comete en secreto, pero sus componentes centrales son públicos: dinero y recursos públicos, funcionarios públicos, normatividad pública burlada y prácticas éticas públicas abandonadas. La lucha contra los corruptos representa la revalorización de los espacios públicos oficiales y cotidianos, así como de los funcionarios y sus responsabilidades…

Proteger los derechos fundamentales: La actuación de los corruptos no se limita al uso indebido del poder o de los recursos públicos; tiene un impacto nefasto en derechos básicos. En escuelas, centros de salud y comisarías es notoria la micro-corrupción. En todos estos casos, entre otros, la corrupción pone en riesgo la vida, la salud o la seguridad; en consecuencia, merece una respuesta contundente del Estado, para prevenirla y sancionarla…

El peligro de la captura del Estado: La corrupción en las compras y obras públicas de los tres niveles de gobierno; la predisposición a aceptar que los políticos roben, siempre y cuando hagan obras, y la participación de integrantes de instituciones fundamentales en bandas criminales, entre otras tendencias, están creando condiciones para que desaparezca la sutil línea que separa la corrupción que proviene del dinero obtenido formalmente de aquella que procede de la economía ilegal. Al horadar los sistemas de control del Estado, la corrupción que se alimenta del dinero obtenido formalmente da paso al que proviene de la economía ilegal…

El protagonismo de los poderes políticos: No hay manera de cambiar la situación, ni la tendencia anunciada, si el poder político no asume el liderazgo que le corresponde; peor aún si es complaciente y no toma iniciativas para cortar de raíz el ingreso de dinero ilegal a la política. Las autoridades políticas, por ser las principales tomadoras de decisión, tienen una responsabilidad central y un papel insustituible.

Quebrar la tradición complaciente: El Perú tiene una larga historia de corrupción, aunque también de lucha contra ella. Durante la segunda mitad de la década de los noventa, la corrupción adquirió un carácter sistémico: desde el centro del poder del Estado se organizó y centralizó una red nacional de corrupción. Ahora, la novedad de estos últimos quince años es que la corrupción se ha difuminado y descentralizado. Cada vez hay más conciencia de que romper el círculo vicioso es una condición necesaria para crecer económicamente, pero en especial para construir un país menos violento, más justo y que brinde oportunidades a todos.

 

La corrupción empobrece a los pueblos, los degrada en términos morales y políticos. No podemos dejar que la corrupción eche verdaderas raíces entre nosotros. Una sociedad razonable no puede edificarse sin transparencia y rendición de cuentas en el ejercicio de la función pública.

Para vencer la corrupción es necesario un trabajo normativo y de gestión, pero también de cambio cultural, que debe impregnarse en las familias, las escuelas, los centros de trabajo y, por supuesto, en el propio Estado.